¿Quién será?

 

¿Quién será la mujer,
que a tantos inspiró bellos poemas de amor?
Le rinden honor la música y la luz,
el mármol, la palabra y el color.

¿Quién será la mujer que el rey y el labrador
invocan en su dolor,
el sabio, el ignorante, el pobre y el señor,
el santo al igual que el pecador?

 

Con el tiempo cada uno de nosotros adquiere la sabiduría que da la experiencia y que es una participación de la luz que viene de lo alto.

Hemos visto cosas que, a pesar de su apariencia espectacular, con rapidez se las lleva el viento; y otras que son realmente el tesoro por el cual vale la pena gastar la vida.

A medida que vamos viviendo, vamos confirmando nuestra escala de valores.

Vamos comprobando que hay caminos que no conducen a ninguna parte y otros que nos abren nuevos horizontes.

Cada uno ha de ir haciendo sus propias experiencias y descubrimientos, porque es una tarea personal que nadie puede realizar por otro.

Pero es muy bueno descubrir que aquellas cosas que valoramos como importantes a lo largo de los años, son las mismas que nos enseñaron en la más tierna infancia.

 Y ¿quién será que nos las enseñó?

Hemos aprendido muchas cosas, y hemos olvidado tantísimas otras que hemos leído en libros o hemos escuchado en diferentes ámbitos. Sin embargo, recordamos que lo verdaderamente importante es lo que aprendimos en casa. En el hogar se aprende lo que es el valor de la familia, se aprende a amar y a ser amado, a comprender, a proteger, a perdonar, a obedecer, a ser agradecido por la vida, a valorar el trabajo, el esfuerzo, los sufrimientos, las dudas, los fracasos y las decepciones. A construir la felicidad con una mirada de largo plazo.

Y en esa escuela privilegiada que es la familia, el rol insustituible de la madre, que con toda su humanidad nos transmite el amor, ese combustible indispensable para mover el motor llamado vida.